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Veinte años negando el crimen

Juan José

NOTA Alejandro Calvillo para POBLAB 06-07-21/ FOTO DE Juan José Plascencia

Hace más de 20 años, los CEO de las mayores corporaciones de productos ultraprocesados: Nestlé, Coca Cola, Kraft y Nabisco, General Mills, Mars, Procter & Gamble, entre otros, se reunieron en secreto en Mineápolis. Discutieron sobre el alto consumo de sus productos como la causa principal de la obesidad y sus consecuencias

Hace más de 20 años, los CEO de las mayores corporaciones de productos ultraprocesados se reunieron secretamente en el piso 31 del edificio de la empresa Pillsbury en Mineápolis. Era el 8 de abril de 1999, a la cita llegaron las cabezas nada menos que de Nestlé, Coca-Cola, Kraft y Nabisco, General Mills, Mars, Procter & Gamble, entre otros. La reunión fue excepcional y más por el motivo que se dio.

Con aproximadamente 700 mil trabajadores laborando en sus empresas y con ventas conjuntas anuales de más o menos 280 mil millones de dólares, los CEO que competían aguerridamente para apoderarse de los mercados se sentaron juntos para escuchar lo que se advertía como una severa crisis para sus negocios.

Sus productos ya habían inundado los mercados globales y alterado los hábitos de alimentación de miles de millones de habitantes del planeta, hasta de las regiones más remotas a las que llegaban a través de la más extensa red de distribución nunca antes establecida por la humanidad.

Un grupo de técnicos de alto nivel de sus empresas convocaron al encuentro de estos personajes, estaban muy preocupados por la creciente evidencia científica que ponía la mayor parte de la responsabilidad de la epidemia global de obesidad a escala planetaria en sus productos. Instituciones gubernamentales e independientes señalaban al alto consumo de sus productos como la causa principal de la obesidad y sus consecuencias: diabetes, enfermedades cardiovasculares, diversos tipos de cáncer, etcétera.

La reunión secreta, en la que no se permitió la realización de grabación ni de toma de minutas, fue convocada para ese solo tema: la emergente epidemia de obesidad y cómo lidiar con ella. La descripción de esa reunión la compartió James Behnke al escritor y multipremiado periodista Michael Moss. Behnke era la cabeza técnica al frente de Pillsbury y había convocado a la reunión junto con un grupo de directivos técnicos de otras corporaciones.

“Estábamos muy preocupados porque la obesidad se estaba convirtiendo en un gran problema… Comenzaba a hablarse de impuestos y se iniciaba la presión sobre las empresas”. Behnke tenía dudas en cómo exponer el tema central a los directivos de las megacorporaciones presentes como Kraft y Nabisco, General Mills, Nestlé, Procter & Gamble, Coca-Cola, Mars, etcétera, cómo hablar del papel que estaban jugando, de su responsabilidad en esa epidemia de obesidad que estaba teniendo consecuencias globales.

Behnke había pasado de ser un exitoso desarrollador de productos ultraporcesados a preocuparse profundamente por lo que estos productos estaban haciendo en la salud de la población, en especial, entre los niños. Había participado en la guerra por el mercado entre los productos ultraprocesados de las grandes corporaciones. Sabía que quien ganaba lo hacía gracias al desarrollo de productos con menor costo con ingredientes más baratos y logrando que fueran altamente hiperpalatables. Quien ganaba el mercado era quien lograra que se vendieran y consumieran más sus productos, todo con el fin de obtener una mayor ganancia. Lo que a Behnke le preocupaba era el efecto en la salud que esto estaba provocando y consideraba, junto con otros técnicos, que la industria debería de cambiar.

Foto: Juan José Plascencia.

En la reunión se encontraban también presentes directivos de Cargill y Tate & Lyle que abastecen a esas empresas de los tres productos claves para los ultraprocesados: azúcar, grasas y sal, además de otros ingredientes como los granos para las harinas refinadas. El alto consumo de azúcar, grasas y sal es la causa principal de la obesidad, la diabetes y las enfermedades cardiovasculares que son la principal causa de enfermedad y muerte. Es decir, en la sala estaban las cabezas de las empresas que habían inundado los mercados globales de productos ultraprocesados logrando impactar en los hábitos de alimentación y en la salud de miles de millones de personas en el mundo, así como las empresas que tenían ya controlado gran parte del mercado y los precios de los ingredientes primarios utilizados en esos productos.

Michael Mudd, vicepresidente de Kraft, que se consideraba a sí misma la empresa líder en el ramo por sus innovaciones, tomó la palabra. Mudd era considerado uno de los más hábiles negociadores de la industria para evitar regulaciones que afectaran sus intereses, una especie de líder estratega para todas. En 114 láminas, Mudd mostró el incremento del sobrepeso y la obesidad en la población estadounidense, cómo más de la mitad de los adultos tenían ya sobrepeso y casi una cuarta parte de la población, 40 millones, presentaban obesidad. Estos índices se habían duplicado en los niños entre 1980 y ese año, 1999, los niños con obesidad habían llegado a sumar 12 millones. Mudd añadió que los costos sociales estimados por la obesidad y sus consecuencias en salud estaban entre los 40 y 100 mil millones de dólares.

En la presentación apareció la imagen de Walter Willet, jefe del Departamento de Nutrición de Harvard, señalando que la causa central estaba en el cambio de nuestros alimentos a “un producto industrializado que le quita el valor nutricional a los alimentos” y a los que se añaden grandes cantidades de azúcares, grasas y sal. La obesidad había sido declarada una epidemia nacional en los Estados Unidos, los científicos y las instituciones señalaban a los ultraprocesados, aunque todavía el término como tal aún no era utilizado, como su principal causa. Mudd señaló que lo que estaban produciendo y comercializando eran productos contrarios a los recomendados. Señaló que si se miraba la pirámide de la alimentación, algo similar al plato del buen comer, lo que ellos estaban publicitando y promoviendo invertía la pirámide, estaban generando consumos y hábitos totalmente contrarios a los recomendados, estaban actuando contra la salud de la población.

No fue el azar el que llevó a Kraft a promover este encuentro, la empresa había sido comprada por la tabacalera Philip Morris que había vivido y pasado por un proceso judicial que le costó miles de millones de dólares al haber negado los daños provocados por el consumo de tabaco. Documentos internos de Philip Morris-Kraft señalaban que algo similar podría pasar con sus productos con altos contenidos de azúcares, grasas y sal. En ese mismo año, un documento estratégico interno de Philip Morris señalaba: “La guerra contra el tabaco ha llegado a todos nuestros vecindarios… Están también los temas de la seguridad de los alimentos y el efecto en la salud de ciertos elementos en los alimentos como la grasa, la sal y el azúcar”.

La presentación de Mudd estaba encaminada a que los CEO de las grandes corporaciones asumieran la necesidad de enfrentar el problema y darle una solución. Se esperaba que pudieran llegar a acuerdos como bajar el contenido de azúcares, grasas y sal, así como dejar de publicitar a los niños los productos altos en estos ingredientes. La presentación de Mudd mostraba la evidencia y el riesgo al que se enfrentaban estas corporaciones si no actuaban pero, más que todo, la responsabilidad que tenían con la salud de la población.

Para que esa reunión de los capos de las grandes corporaciones de bebidas y alimentos ultraprocesados ocurriera se dieron tres condiciones básicas: primero, toda una crisis global de salud por cambios en la dieta expresados en la epidemia global de obesidad y sus consecuencias; segundo, un expediente enorme con cientos y miles de evidencias documentales sobre el impacto de los productos de estas corporaciones en esa crisis global; y, tercero, el gran esfuerzo de un grupo de directivos técnicos de algunas de estas empresas que veían la necesidad urgente de actuar. Para algunos se trataba de un cambio necesario por los riesgos financieros que pudiera traer el no actuar, para otros, era la necesidad de actuar de forma más ética frente al grave daño que estaban causando.

Lo que pasó inmediatamente después a la presentación de Mudd no quedó por escrito. Michael Moss tuvo acceso a la presentación, pero lo que ocurrió después lo registró a través de lo comentado por tres asistentes. Al terminar la exposición, los asistentes miraron a Stephen Sanger, cabeza de General Mills, corporación que estaba siendo fuertemente criticada por, entre otras cosas, la amplia gama de cereales altamente azucarados que se habían convertido en uno de los desayunos más frecuentes de los niños. En los hechos, la composición de la mayor parte de estos cereales es muy similar a la de las galletas dulces. En pocas palabras, millones de niños empezaban el día desayunando “galletas”, un producto por naturaleza excesivamente alto en azúcares y sodio.

Sanger inició su intervención, que sería la única respuesta a la presentación por parte de los CEO, señalando que los consumidores son ”volubles, inconstantes”, que “su interés por las implicaciones en salud de los alimentos procesados es débil”. Tomando la voz supuesta de los consumidores añadió: “No me hablen de nutrición… Háblenme del sabor, y si esta cosa sabe mejor, no traten de venderme cosas que no saben bien”. Sanger señaló que General Mills no iría atrás, que él empujaría a su gente hacia adelante, y llamaba a sus colegas de otras corporaciones a hacer lo mismo. Entonces, se sentó. Nadie más habló, los CEO terminaron por levantarse para tomar el elevador al piso 40 para cenar y hablar de otros temas.

Estaba claro, las ganancias eran lo primero y no importaban sus consecuencias, habían logrado capturar el paladar de los consumidores y no lo dejarían.

De acuerdo a las descripciones recibidas por Moss, no todos estaban de acuerdo con Sanger pero su intervención fue tan persuasiva que nadie se atrevió a comentar en contra. Al final, el objetivo de todos era incrementar ventas y sabían bien que éstas dependían de la palatabilidad de sus productos, de la presencia y combinación de excesos de azúcares, grasas y sal.

Behnke, uno de los principales promotores de la reunión, comentó años después: “Qué puedo decir, no funcionó. Estos tipos no fueron receptivos como nosotros pensábamos que lo serían”. De hace 22 años a la fecha, en el tiempo que ha corrido desde esa reunión de los capos de las corporaciones de la chatarra, no sólo no han cambiado las prácticas de las corporaciones, existe evidencia de aumento de estos ingredientes críticos en muchos de sus productos y de estrategias más sofisticadas para realizar publicidad altamente persuasiva dirigida a niñas y niños para su consumo. De hace 22 años a la fecha la obesidad y sus consecuencias se han agudizado. Moss cita cómo a 10 años de esa reunión las preocupaciones sobre la obesidad aumentaban por sus consecuencias citando cómo generales de la Armada testificaron públicamente preocupados porque un número descomunal de jóvenes de 18 años no habían podido ser reclutados por su grado de obesidad, mientras doctores de Los Ángeles reportaban aumento de mortalidad materna porque el peso excesivo estaba obstaculizando requerimientos quirúrgicos en nacimientos por cesárea.

Lo que sí han hecho estas corporaciones es hacerle la guerra a las políticas de salud pública dirigidas justamente a lograr lo que los propios directivos técnicos de algunas de esas empresas sugirieron hace 22 años: bajar el consumo de azúcares, grasas y prohibir la publicidad de estos productos a las niñas y niños, entre otras medidas. Las empresas se negaron a escuchar y tomar esos pasos hace 22 años, ahora que los estados se ven obligados a impulsar estas políticas, las corporaciones las combaten con una estrategia muy diversificada.

Y esta estrategia comprende las puertas giratorias introduciendo personajes aliados a los intereses de las corporaciones en los órganos reguladores, financiar asociaciones de profesionales de la salud para que se declaren en contra de estas políticas, influir en los programas de estudio en estas profesiones, pagar investigaciones a modo y, sobre todo, establecer una narrativa que pone la responsabilidad de la epidemia de obesidad y sus consecuencias en las elecciones individuales, en la falta de actividad física, en el mantra de que no hay alimentos buenos o malos.

Parte de esta estrategia la vemos en México a través de los medios de comunicación, columnistas, opinólogos, asociaciones de profesionales de la salud y diversos aliados de estas corporaciones, afirmando que el etiquetado frontal de advertencia en México, que permite saber al consumidor cuando un producto tiene exceso, justamente, de estos tres ingredientes (azúcar, grasas y sodio), no funciona. Aunque solamente han pasado unos meses para afirmar o negar que el etiquetado de advertencia ha impactado en ventas, un hecho es incuestionable: el etiquetado de advertencia ha sido un éxito, nunca antes una política había provocado la reformulación masiva de productos para bajar el contenido de estos ingredientes azúcares, grasas y sal en los alimentos ultraprocesados. Las declaraciones de las propias corporaciones en diciembre del año pasado, a unos meses de haber entrado el nuevo etiquetado, señalaban reformulaciones de un muy importante porcentaje de sus productos.

Hace 22 años, las corporaciones decidieron no escuchar, no cambiar el rumbo y así lo han venido haciendo desde entonces. Sus prácticas se han convertido en la principal causa de malnutrición en nuestro país y gran parte del mundo. Y la malnutrición es, a la vez, la principal causa de enfermedad y muerte en México y muchos otros países. Lo que está claro es que esta situación no puede dejarse en manos de las corporaciones, se requiere la intervención del interés colectivo con base en la evidencia científica a través de regulaciones. Y esto es lo que está ocurriendo desde el Reino Unido a México, pasando por Sudáfrica, Filipinas, Chile, Perú y una gran cantidad de naciones, estados y ciudades que están poniendo el interés público por encima del privado. No se trata de una sola medida, se trata de una política integral que modifique los llamados ambientes obesogénicos y que permita que las opciones saludables vayan convirtiéndose en las más asequibles.

Sin embargo, como declaró la doctora Margaret Chan cuando era directora de la Organización Mundial de la Salud, el principal obstáculo son las corporaciones y los millones que invierten haciendo bailar una danza macabra a seudoprofesionales de la salud, opinólogos, cabilderos y funcionarios públicos.

Habrá a quienes el título de este artículo pueda parecerle exagerado al calificar de crimen la actitud de las corporaciones de ultraprocesados al negar los daños de sus productos y bloquear las políticas de salud pública. Hablar de un crimen no sólo se refiere a asesinatos u homicidios, se refiere también a actos contra la humanidad. Y no hay ninguna actividad que haya afectado la salud de un porcentaje importante de la población mundial como el alto consumo de productos chatarra, acompañada de la negación de sus daños por parte de quien los produce.

Nota: La información contenida en este artículo proviene, principalmente, del libro Salt, Sugar, Fat. How the Food Giants Hooked Us de Michael Moss, ganador del Premio Pulitzar. El libro ha sido publicado en español bajo el título Adictos a la comida basura: Cómo la industria manipula los alimentos para que nos convirtamos en adictos a sus productos.

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